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Los vecinos reciben agua de una batería de pozos en Nikizanga: de las 14 vertientes existentes, 12 se secaron. A la escasez de agua se le suma la baja presión.
Una brisa suave pero constante levanta la tierra seca, que choca con todo a su paso. La sequía acostumbró a los lugareños a vivir con polvillo, incluso a trasluz se pueden ver los pequeñísimos gránulos en suspensión. Esta es la faceta menos dañina del drama que atraviesan por estos días los vecinos de Bermejo, una localidad caucetera en la que viven 1.000 habitantes. Desde hace seis meses la falta de agua con la que conviven se volvió extrema: por día les habilitan el agua durante tres horas (una hora y media en la mañana y una hora y media en la tarde). El agua es una especie de tesoro en aquella localidad intensamente visitada gracias al paraje en homenaje a San Expedito.
Bermejo se abastece gracias a 14 vertientes que hay en Nikizanga, de las cuales solo dos tienen agua ya que el resto se secaron. “El abastecimiento depende de una unión vecinal. Antes de esas 14 vertientes el agua salía como un río, pero ahora se secó. Como llega tan poca agua, la presión no es la suficiente. No se puede plantar nada”, dijo Benito Arce, vecino de la zona.
El agua de las vertientes se conduce por una cañería madre desde Nikizanga hasta Bermejo. Todos los ranchitos que están dispersos entre ambas localidades cauceteras también se abastecen gracias a estas vertientes. Son 24 kilómetros aproximadamente.
Cuando el agua llega a Bermejo, queda depositada en un tanque de 100.000 litros, instalado en la vieja estación de ferrocarril que hay en el pueblo. A veces llega tan poca agua que  alcanza para almacenar medio tanque.
Debido a la escasa cantidad de agua, la unión vecinal  habilita el servicio durante una hora y media en la mañana y una hora y media en la tarde. Apenas largan el agua, la gente almacena lo que más puede para poder pasar el día. Los más afortunados tienen pozos y pueden bañarse más seguido pero el resto de la gente debe armar un cronograma.
Mensualmente los vecinos pagan por el servicio del agua de una casa entre $30 y $35. “Es muy caro porque pagamos $35 por tres horas de agua por día mientras que en el Gran San Juan pagan $120 por mes por agua las 24 horas del día. Necesitamos un tanque más grande y también una cañería que traiga agua desde el centro de Caucete para que no tengamos tan restringido el servicio”, dijo Juan Ávila.
Además de la escasez, los vecinos comentaron que el agua para consumo tiene mucha sal debido a las características propias de las vertientes cauceteras. Aquellos pobladores que pueden, compran bidones de agua.
La escasez y el alto nivel de salinidad del agua generan un mix que imposibilita que crezca cualquier planta en Bermejo. El pueblo luce despojado del verde, sólo alguna que otra planta resistente crece en condiciones tan hostiles. También quedan algunos algarrobos, los que sobrevivieron al desmonte que generaron los ingleses.
En el paraje religioso sufren la escasez de agua. “Todo esto resta, sobre todo en verano cuando la gente espera que haya agua. No podemos plantar nada prácticamente y tampoco se pueden poner baños públicos porque no hay agua. No tener esos servicios no contribuye al progreso del paraje”, contó Liliana Coria, una de las puesteras.
Ante la situación, Tiempo de San Juan se puso en contacto con el intendente Julián Gil. “Hemos empezado con una limpieza de filtros ya que esto ha provocado que las cañerías se llenen de sarro. Con esto va a mejorar un poco la situación, el caudal principalmente. Este es un problema de vieja data. Lo mismo sucede en Marayes, donde se envió maquinaria para que despeje las cañerías para limpiarlas. La solución definitiva viene de un correcto mantenimiento”, señaló el jefe departamental.

La historia del pueblo

En Bermejo viven 1.000 personas, bastantes más de las que quedaron después de que el ferrocarril dejara de pasar. La localidad era muy conocida por ser un campo lleno de algarrobos, los ingleses fueron los primeros en comerciar la madera. Debido a la venta floreciente, se construyó hasta una estación de tren que distribuía el producto a todo el país. En menos de 5 años, de 50 habitantes el pueblo pasó a tener más de 5.000, familias enteras se mudaron a Caucete para trabajar “en el algarrobo”.
Pero el esplendor duró poco. Tanta tala trajo sus consecuencias: por la tala indiscriminada los ingleses convirtieron a Bermejo en un desierto. Ahora es raro ver un algarrobo en pie en esas tierras cauceteras. De los 5.000 habitantes, quedaron solo 300.
Benito Arce definió con las palabras justas lo que significó San Expedito en la vida del pueblo. “El santo nos salvó”, dijo el hombre, que relata la historia del pueblo con lujo de detalles.  Es que sin dudas la apertura del paraje religioso fue lo que resucitó a Bermejo del olvido, tras la extinción de los campos de algarrobo y de la exclusión de la ruta de los ferrocarriles.
Fuente: Tiempo de San Juan

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