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Trabajo esclavo, tráfico de influencias, contratación ilegal y maltrato psicológico a empleados, son algunos de los males de esta cadena de helados que destruye las microeconomías de las pequeñas heladerías de las provincias del norte del país.

Ezequiel  y Gabriela tenían en común un sueño. Se conocieron en un local de la cadena de GRIDO Helados, donde las promesas de un trabajo digno y bien pago, los sumió en un deseo compartido por miles de jóvenes. El primer trabajo, apoyo de equipo, en una gran marca y con aparente posibilidades de progreso.

Con el correr de los meses, lo único que progresó fueron las horas de trabajo, que se volvieron agotadoras. Es que las jornadas de trabajo se extendieron entre 12 y 16 horas corridas, tiempo en que las tareas diarias sólo debieron desarrollarse parados, por lo que los dolores articulares y musculares por manipular las cajas de helado, no tardaron en llegar.

Como si fuera poco, al arribar al local mercadería para reponer, los empleados trabajaron en la recarga de los frezers y en su limpieza fuera de su horario laboral, sin percibir ningún tipo de remuneración por el trabajo extra. “Avisamos que habría un poco de trabajo extra”, dirían los dueños ante el reclamo del personal.

Los jóvenes de esta historia, pasaron del sueño de un trabajo digno a la pesadilla. A las extensas jornadas de trabajo se le sumó la negativa de los propietarios a darles descanso. Sólo es posible un franco por mes e increíblemente, aún cuando no hay descanso dentro del turno de trabajo, los empleados no pueden alimentarse en el local, por regla de la empresa. La necesidad tiene cara hereje.

Además, los jóvenes empleados debieron enfrentarse a la cámara de frío, que llega a temperaturas de 10 grados bajo cero, sin equipamiento acorde, ni vestuario que los proteja.

A la incomodidad laboral, hay que agregar los magros sueldos  que no superan los 12 pesos por hora, sin premio ni bonificaciones por ventas, ni compensaciones por trabajo insalubre, cobertura sanitaria o seguridad social. Las contrataciones son informales, es decir en negro.

En cada local trabajan entre cinco y ocho chicos, aunque la cifra puede elevarse  dependiendo de la ubicación de la sucursal, la rotación de personas y los horarios de apertura. La política laboral que se utiliza, según se pudo observar, es la “depredación” de recurso humano. El “descarte” es la moneda corriente. El que se enferma, se enoja, se rebela y renuncia no tiene derecho a ningún tipo de reclamo. El remplazo llagará rápido, porque oferta de mano de obra sobra y la contratación disponible no requiere mayores trámites. Además de estar en negro, la marca, Grido, no se responsabiliza porque el dueño de la franquicia es quien contrata el personal.

Las disconformidades se ocultan detrás del uniforme impecable y la sonrisa dibujada a la “americana” con un “que lo disfrute señor”, “que lo disfrute señora”…

La historia de los jóvenes nombrados al comienzo, tuvo el mismo desenlace que mucho otros. El cansancio les ganó la pulseada y la renuncia fue la carta que no tuvieron más alternativa que jugar. Mientras la empresa y el deño de la franquicia calculan ganancias de este gran negocio, Ezequiel y Gabriela se marcharon a sus casas con los bolsillos vacíos y su cuerpo agotado.

El secreto del imperio del “Disfrutemos”

Montar una sucursal de “GRIDO Helado” cuesta; teniendo en cuenta cartelería, insumos, mobiliario, marketing, etc.; entre 200 mil y 550 mil pesos dependiendo los metros cuadrados del local. Por lo general los que adquieren la franquicia resultan ser amigos, socios de negocios particulares, familiares, o recomendados de los propietarios de la marca HELACOR S.A (GRIDO), provenientes de la provincia de Córdoba, ex dueños de la famosa cadena “La Montevideana”.

Esta “exitosa” fábrica depreda y destroza las pequeñas heladerías de pueblo con un precio sin competencia, y que inentendiblemente mantiene costos de una fábrica, vendiendo helado en el norte argentino a 30 pesos el kilogramo. Algunos defensores de la empresa dirán que el proceso de “producción es más barato por su tecnología”, otros dirán que reducen costos por los insumos.

La única realidad es que en Chaco, por ejemplo, varias heladerías familiares ya han presentado sus quejas formales ante las Cámaras de Comercio de las respectivas localidades y, unificadas, estiman llegue a manos de los gobernadores de las provincias del norte, para que obren directivas que equiparen una ley de equidad y precios competitivos no depredatorios ni perjudiciales para las pequeñas empresas.

La iniciativa no propone que no se trabaje, sino claridad en las políticas laborales  de una firma que manipula personas jóvenes, los contrata informalmente y tiene rentabilidades que superan en un 300 por ciento.

En este sentido, una denuncia particular se sentó sobre una franquicia en la ciudad de Juan Jose Castelli, Chaco, por las reiteradas quejas de comerciantes del medio que se ven realmente afectados por la competencia desleal.

Situación que se ve agravada por la denuncia de un supuesto caso de discriminación contra la comunidad aborigen de la región. Según se indicó los empleados tendrían la orden de no vender helado a los miembros de pueblos originarios. Así, se les ha llegado a manifestar que “ya no hay mas helado” o en el más sincero de los casos se les ha confirmado la decisión de “no podemos venderles”.

La empresa GRIDO Helados ha logrado instalarse en varias provincias del país. Las sucursales se multiplican por miles de ciudades y sus precios son los más recomendados a la hora de deleitarse con un helado. En las antípodas de este dato, se encuentran una serie de denuncias que ponen en la lupa el trato del recurso humano utilizado en la fabricación del producto, así como en la atención al público de las diferentes heladerías.

 

Fuente: www.agencianova.com

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