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La memoria del desastre de 1986 puede evitar que vuelva a suceder

Aun costado de la carretera entre Chernobyl y la abandonada ciudad de Pripyat se puede ver un estandarte en la iglesia de San Juan Evangelista construida hace dos siglos pero vacía de fieles desde hace 31 años, debido a los niveles de radiación liberada por el desastre nuclear, que siguen representando un riesgo para la salud de quien permanezca demasiado tiempo en los alrededores. En el templo ortodoxo, cerca del estandarte, un cartel anuncia un fragmento de San Juan: “Y el tercer ángel sonó y una gran estrella cayó del cielo, ardiendo como una antorcha. Y ella cayó sobre la tercera parte de los ríos y las fuentes de agua. Y el nombre de la estrella era Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas”.

“Chornóbyl” es el nombre de una hierba amarga, una especie de ajenjo que crece en la región de Polisya, en el norte de Ucrania. Se cree que en 1193 esa planta dio el nombre a un pequeño pueblo en la zona, que nueve siglos más tarde se haría tristemente célebre en el mundo como escenario del peor accidente nuclear de la historia, el que ocurrió en la noche del 26 de abril de 1986.

Tres décadas después, esa zona, de la que fueron arrancadas miles de vidas de la noche a la mañana en la apresurada evacuación de Pripyat, sigue siendo un páramo deshabitado aunque ya se ha mitigado la contaminación de unos 200 elementos radioactivos que saltaron por los aires en la explosión del reactor 4. La zona de exclusión de 30 km a la redonda sigue vigente, pero el suelo reverdecido en torno a la planta Vladimir Ilich Lenin, más conocida como Chernobyl, vuelve a ser tímidamente habitado por la fauna local.

En el centro de la zona de desastre, el destruido reactor ha sido cubierto por un sarcófago nuevo que evitará que más de su contenido radioactivo se filtre a la atmósfera.

La enorme cubierta, la estructura móvil más grande que se haya edificado, tuvo un costo de casi 1.700 millones de dólares financiados por una coalición de 28 países, varios de los cuales recibieron la nube radioactiva que emitió el desastre en Ucrania.

Es la muestra de que una parte del planeta ha aprendido la lección sintetizada por Anna Korolevskaya, subdirectora del Museo Nacional de Chernobyl, situado en la capital ucraniana, Kiev: “El mundo debe tener presente que la radiación no sabe de fronteras. La seguridad debe ser colectiva. Queremos que el mundo aprenda de nuestros errores, porque hay plantas nucleares en todo el planeta”.

Seguridad residual

Como si el pasado no hubiera dado ya lecciones sobre los extremos a los que puede llegar la radioactividad, el desastre de Chernobyl liberó unas 400 veces más contaminación que las bombas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki en 1945. Los isótopos yodo 131, estroncio 90 y cesio 137 fueron tres de los más elementos más dañinos lanzados masivamente a la atmósfera en esa noche de abril cuando fracasó una prueba de seguridad que se realizaba en el reactor 4.

Se trata de isótopos capaces de descomponer tejido vivo y provocar cáncer en cuestión de días. El yodo afecta la tiroides, el estroncio a los tejidos óseos y el cesio a los tejidos blandos.

La central nuclear de Chernobyl, funcionaba desde 1977. Era una de las 46 que la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) operaba en el auge de la Guerra Fría. Era además, la primera situada en Ucrania y la más grande de Europa, con cuatro reactores RBMK que generaban un total de 4.000 megavatios de electricidad.

“Es cierto, la energía nuclear es barata, pero los gobernantes tienen que asegurarse de que sea limpia y segura. Ningún país debe volver a tratar el tema de la seguridad como si fuera un asunto residual. Esto era lo que ocurría en la Unión Soviética”, reflexiona la subdirectora Korolevskaya, que trabaja en el museo de Chernobyl desde su creación, en 1992.

En el año de la catástrofe, la URSS tenía 16 reactores del mismo modelo en 5 plantas distintas. El académico Anatoly Aleksandrov, director del desarrollo de los dispositivos RBMK había convencido a los jerarcas soviéticos sobre la total seguridad de los reactores. Según él, podían ser instalados en la mismísima Plaza Roja de Moscú.

La noche del 26 de abril de 1986 se realizaba una prueba de seguridad en el reactor 4, pero todo salió mal. Por una complicada y a la vez extensa cadena de fallos técnicos y humanos, el agua empleada para refrigerar el reactor se vaporizó y un masivo incremento de potencia derritió el sistema de eliminación de calor y parte del combustible nuclear, uranio.

Siguió una poderosa explosión que destrozó el techo del reactor, dispersó material refrigerante y combustible radiactivo alrededor del edificio y causó la muerte inmediata de dos de los técnicos. Otros 29 expertos presentes esa noche fallecieron en los tres meses siguientes debido a los exorbitantes niveles de radiación a los que estuvieron expuestos.

En nombre de las víctimas

El saldo exacto en vidas perdidas es muy vago, pero un informe elaborado en 2005 por el Foro Chernobyl, un grupo creado por el Organismo Internacional de Energía Atómica, dependiente de la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Organización Mundial de la Salud y otras agencias de la ONU, indica que de los millones de personas que estuvieron expuestas a la nube radiactiva de la explosión, a lo largo y ancho de Europa, unas 4.000 murieron o podrían morir por leucemia y otros tipos de cáncer inducidos por la radiación. Sin embargo, este número puede ser mayor ya que el daño degenerativo en los tejidos, así como la radiación, invisible y mortal, se extiende sigilosamente entre las víctimas.

Más cerca de la planta nuclear, las afecciones más comunes entre los ucranianos expuestos a dosis altas de radiación fueron cataratas, cáncer de tiroides, leucemia y enfermedades cardiovasculares.

La revista de la Sociedad Real de Medicina en Gran Bretaña publicó un estudio conjunto de científicos ucranianos e israelíes que investigaron alteraciones cromosómicas en niños nacidos en las familias de liquidadores de Chernobyl. Concluyeron que entre los nacidos después de la catástrofe se presentan siete veces más anomalías de cromosomas que entre sus hermanos mayores, nacidos antes de 1986.

Así mismo, la Universidad Medioambiental Internacional Sajarov detectó un marcado incremento del cáncer de tiroides infantil a partir de 1990.

Pero las consecuencias todavía más amplias y duraderas son las psicológicas, que se anotan en la larga estela de historias truncadas, vidas cambiadas de pronto e irrecuperablemente.

El fantasma de Pripyat

La primera decisión de la comisión del gobierno soviético que se hizo cargo del caso, en la tarde del 26 de abril, fue la evacuación Pripyat. Vaciar de residentes esa ciudad poblada por ingenieros y operadores, junto con sus familias, fue un pedido de los propios científicos. La urbe casi no podría estar más cerca del epicentro, se fundó a 3 km de la central. Por entonces era una ciudad modelo habitada por 50.000 personas, entre ellas 17.000 niños. La edad media de la población era de 26 años.

En la noche del 26 al 27 de abril desde Kíev y otras ciudades llegaron 1.200 buses y 3 trenes. El anuncio oficial de evacuación sonó el 27 de abril a las 13:10 y cortó la primavera ucraniana: “Por una avería, se establecieron condiciones desfavorables de radioactividad en la ciudad. Para garantizar la seguridad de la gente, y en primer lugar de los niños, es necesario organizar la evacuación temporal hacia localidades cerca a Kiev. Se recomienda llevar documentos, artículos de primera necesidad y alimentos. Tienen una hora para hacer una maleta con lo indispensable. Prohibido llevar mascotas”.

En ningún momento los habitantes fueron advertidos sobre el peligro que ya respiraban y no recibieron ninguna recomendación sobre descontaminación o maneras de reducir el impacto de la contaminación en sus organismos.

A las 2 de la tarde los buses estaban ante las puertas de cada edificio. A las 5 de la tarde la antes ruidosa urbe quedó desierta. En la operación participaron 25.000 policías. La evacuación no fue temporal: Pripyat es hoy una ciudad fantasma.

Héroes de primera hora

Pero mientras miles de personas se alejaban de Pripyat, la situación en torno al reactor en ruinas era desesperada. Ya desde la noche anterior, minutos después de la explosión dotaciones de bomberos de la central nuclear y de Kiev se esforzaban por apagar los incendios y enfriar el material radioactivo en condiciones inhumanas. Los dirigía el teniente Pravik, de 23 años. Los primeros en llegar solo sabían que el bloque 4 estaba envuelto en humo tóxico, que había escombros alrededor del edificio y que pedazos de grafito y combustible radioactivo ardían en el techo de la sala de máquinas del bloque 3.

Durante la madrugada del 26 de abril, 28 bomberos se empeñaron en enfriar el núcleo del reactor fundido, lucharon contra el fuego desde el techo de la sala de máquinas en condiciones de radiación extrema y en medio de la toxicidad del humo con el peligro constante de derrumbe de los muros y techos. Esos hombres solo vestían ropa de trabajo de lona impermeabilizada, guantes, cascos y máscaras antigás, no portaban ningún equipo que los aislara de la radiación.

A las 2:15 minutos de la noche fueron sofocados los últimos focos de incendio en el techo de la sala de máquinas, y a las 6 de la mañana el incendio fuera del reactor nuclear fue liquidado totalmente gracias a esas acciones heroicas. No pudieron enfriar totalmente la avería en el reactor, pero evitaron que el incendio se propagara al tercer bloque lo que redujo significativamente las consecuencias de la explosión inicial.

De los 69 bomberos que participaron en la extinción del incendio en la noche de la accidente, 54 recibieron grandes dosis de radiación y seis recibieron dosis mortales. El más joven de los bomberos fallecidos tenía sólo 22 años y el mayor tenía 28.

Noticias de un desastre

El mundo tardó años en conocer la magnitud del desastre, hasta que la realidad perforó la política de ocultamiento del gobierno soviético. Pero  la población de Ucrania convivió durante varios días, sin saberlo, con altísimos niveles de radiación en el aire.

La primera noticia en la URSS apareció en el periódico Ucrania Soviética el 29 de abril en un recuadro en una página interna. El comunicado dice: “Del Consejo de Ministros de la URSS. En la central de Chornóbyl sucedió una avería, fue dañado uno de los reactores. Se toman las medidas para eliminar las consecuencias del accidente. Se presta ayuda a las víctimas. Fue creada una comisión del gobierno. “

Tras la disolución de la URSS y con la independencia de Ucrania, fueron desclasificados documentos secretos que expusieron lo sucedido. Una carta del Ministerio de Salud al Consejo de Ministros de Ucrania, advierte: “Desde el 30 de abril de 1986 en Kiev se observa un fuerte incremento de radiación gamma. Entre 1,1 y 3 röntgens por hora en el centro de la ciudad (a unos 100 km de la planta)”. En la base del reactor 4 se midieron 2.080 röntgens/hora, cuando la dosis mortal es 100 röntgens/hora.

El ocultamiento afectó la salud de millones de personas. Los mensajes de la prensa estatal no daban una evaluación objetiva ni medidas frente a la nube radioactiva, como reducir el tiempo al aire libre y limitar el consumo de ciertos alimentos. Aún más, se celebró el 1 de Mayo con un desfile en Khreschatyk, la calle principal de Kiev. Niños, mujeres, ancianos y hombres recibieron, sin saberlo, niveles altos radiación.

Solo diez días después el Ministro de Salud emitió un mensaje radial con medidas de protección. Hasta 2010, Ucrania registró 6.250 casos de cáncer de tiroides entre personas que eran niños en 1986.

De altar sencillo a museo

La primera iniciativa para preservar el recuerdo de Chernobyl surgió de los bomberos de Kiev, los compañeros de los 30 hombres que murieron tras luchar con agua y sin protección contra el asesino silencioso que es la radiación.

El Museo Nacional de Chernobyl es fruto de un esfuerzo sostenido de concienciación que empezó con un memorial improvisado con el que los sobrevivientes recordaron a sus compañeros en abril de 1987, al año de la catástrofe.

“Fue una exposición para recordar el coraje y la gloria de los fallecidos”, recuerda Korolevskaya, la subdirectora del repositorio en esa capital.

Los primeros mapas y datos reales sobre la radiación salieron a la prensa ucraniana en 1991, dos años después de  la caída del Muro de Berlín, cuando los bomberos locales ya eran célebres a escala mundial y recibían a colegas de otros países que les donaban equipo adecuado.

Así, la muestra se volvió permanente en su labor de ilustrar a los visitantes sobre lo sucedido. Al empezar a ocupar de forma su edificio actual, que data de inicios del siglo XX, se exhibían 200 objetos ligados al desastre.

En 1992 surgió la idea de homenajear también al ejército de 600.000 “liquidadores” de decenas de profesiones, como ingenieros, soldados y pilotos de helicóptero, que ayudaron a construir el primer sarcófago de concreto que cubrió el reactor destruido. Hacia 1997, ya había unos 500 objetos en el museo.

“El muestrario pasó a depender del Ministerio de Asuntos Internos de Ucrania, se dotó de profesionales en y obtuvo categoría nacional. “Así empezamos a relatar esta catástrofe”, valora Korolevskaya. “Hoy tenemos unos 7.000 objetos conmemorativos”, relata.

Nadie queda indiferente

“Ninguna persona que haya entrado al museo, sin importar su color de piel o su nacionalidad, sale indiferente. Incluso con dignatarios de Estado, nunca se trató de visitas de cortesía. Fueron visitas de carácter humano, de simpatía”, afirma Korolevskaya.

Explica que visitantes como el ex secretario general de la ONU Koffi Annan, o el exprimer ministro italiano Romano Prodi, que planearon recorrer el museo en 15 a 20 minutos, terminaron quedándose más de una hora. “Es un tema de interés para cualquier ciudadano”, dice la subdirectora. “Prodi recordó que tras el desastre, en Italia fueron vetadas algunas marcas de leche y verduras”.

“Quien visita el museo recuerda dónde estaba o qué le ocurría en 1986. Nos dejan sus memorias en los libros de visita y es difícil leerlos y mantener la calma”, asegura la subdirectora Korolevskaya.

“Nuestro objetivo es que la gente tome conciencia de la escala del desastre; ayudar a que personas de todo el planeta conozcan lo que ocurrió. Que esto sirva de lección para que no repitamos los errores que se cometieron. Hay más de 400 reactores en funcionamiento en el mundo”, resume con preocupación.

Lo más importante, afirma, al enfatizar en su mensaje, es la seguridad de la gente, la preservación del planeta. “Es necesario que los gobiernos piensen primero en la seguridad de las plantas nucleares y luego en los residuos, y que inviertan dinero en hacer aún más segura toda esa cadena. Ese es el mensaje principal del museo”, finaliza. Difícil no coincidir. Es real, la radiación no sabe de fronteras.

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